Estamos, casi, tocando fondo. Publicado en Mercados de El Mundo

Escrito a las 9:24 am

Parece que nuestras autoridades están abordando los supuestos brotes verdes que, como el ángel renacentista, anunciarían la deseada recuperación económica, con mayor prudencia que cuando hace dos años se debatía la existencia o no de la crisis. Y no es para menos. Con independencia de lo que haga la Bolsa, que parece ir cada vez más a su bola, demostrando que sigue habiendo mucha gente con liquidez, y de la evolución de algunos indicadores escasamente representativos, llevamos en España cuatro trimestres, un año, en la mayor y más larga recesión de nuestra historia. Acompañada por seis meses consecutivos de caída de precios y un crecimiento preocupante del paro. Mientras tanto, el desempeño de los otros países del euro e incluso de la OCDE, está siendo mucho mejor que el nuestro ante problemas similares. Y es que la superación de las dificultades económicas de un país, así como la creación de empleo, no depende tanto del estado anímico de sus responsables públicos, sea este pesimista u optimista, cuanto de las expectativas con fundamento racional de los agentes económicos, incluyendo la confianza que genere en sus gobiernos. Es en base a ello, a hechos y a datos, cómo a lo largo de este verano ha empezado a asentarse la idea, promovida desde el FMI y la Reserva Federal, de que la crisis internacional ha tocado fondo.

De la mano de China y de los cuantiosos programas de gasto público aprobados por los gobiernos de todos los signos políticos, se empieza a pensar en que la salida de la recesión está al alcance de la mano en la mayoría de países centrales, y los principales debates empiezan a girar ya entorno a la idea de si dicha salida será rápida (en V), lenta (en L) u oscilante (en W).

La crisis no ha dejado a ningún país inmune y ha destruido mucha riqueza que tardará tiempo en recuperarse. Pero, además, la salida de la misma se producirá con grandes desigualdades entre unos países que saldrán antes y otros que lo harán más tarde. Entre estos últimos, según todas las expectativas racionales, se encuentra España, donde es sensato pensar que lo peor ha pasado, que la recesión aminora su ritmo como si tuviera paracaídas, pero que seguimos cayendo aunque sea de manera más lenta. Nosotros estamos, casi, tocando fondo, pero no todavía.

¿Y luego? ¿Por dónde puede venir la recuperación de nuestra economía? En primer lugar, por el arrastre de los otros vía exportaciones y turismo, aunque para ello será fundamental no empeorar nuestra posición competitiva exterior.

El consumo de las familias, por su parte, que representa más de la mitad del PIB, se ha desplomado y no es previsible una pronta recuperación. Tres son los principales elementos que influyen sobre el mismo: el desempleo, donde al alcanzar en breve tasas récord se consolida el elemento precaución entre las familias en forma de más ahorro y menos consumo; el crédito, que ha estado detrás de la generación de demanda en la pasada burbuja y cuyo grifo está cerrado sin previsión de grandes cambios a corto plazo; y la renta disponible, que depende de los salarios y de las políticas públicas.

Pase lo que pase en la negociación colectiva, dada la evolución del mercado laboral y de los precios, no es previsible que veamos alegrías en cuanto a salarios para el próximo año. Por la información disponible, las políticas públicas incidirán de manera contradictoria: la ayuda a los parados que han agotado el subsidio (más allá de la polémica absurda sobre la fecha de entrada en vigor) mejorará la renta de unas familias, pero la supresión de la ayuda fiscal de los 400 euros o la subida de impuestos, empeorará la de otras.

Permítanme dos divagaciones sobre esto. Primera, quienes hemos criticado la medida de los 400 euros lineales no podemos criticar ahora su supresión, si se produce, aunque sí constatar su efecto sobre el consumo. Segunda, ya que el Gobierno parece estar haciendo una reflexión sobre el sistema fiscal en busca de fórmulas que permitan gravar más a las rentas altas no procedentes del trabajo, me permito señalar que de eso precisamente iba el suprimido impuesto sobre el patrimonio, aunque necesitase alguna reforma.

Tampoco de la inversión privada podemos esperar grandes alegrías en el próximo año. El batacazo de la construcción se ha extendido ya al conjunto de la industria y dadas las expectativas del consumo y, de nuevo, el cierre de los mercados de crédito, seguirá bajo mínimos durante varios meses.

Nos queda, pues, la demanda y la inversión pública, lastradas por un volumen creciente de déficit y deuda pública derivados, en parte, del fuerte impulso presupuestario anticrisis. En todo caso, aunque sería un error suspender las ayudas públicas a la actividad económica mediante una drástica reducción del gasto, sí que veremos una necesaria contención del déficit discrecional, para que el previsible incremento del coyuntural vinculado a la no mejora de la situación económica no empuje el total más allá de los casi 10% del PIB con que acabaremos este año.

Por tanto, en el mejor de los casos, el impulso presupuestario a la actividad no podrá irse el próximo año más allá de lo que resulte este año, con un efecto limitado sobre la reactivación adicional de la economía.

La situación española se podría resumir, por tanto, de la siguiente manera: estamos cerca del fondo, pero nos hemos quedado con pocas herramientas de política económica para empujar hacia arriba, en un momento en que la mejora experimentada por otros países de nuestro entorno colocará, de nuevo, la diferencia española en el frontispicio del debate político nacional, junto a la necesidad urgente de abordar reformas en profundidad que no tengan por qué pasar por el Presupuesto.

Frente a eso, la Ley de Economía Sostenible y el discurso de cambio de modelo de crecimiento son un bien necesario, por más que su entrada en vigor, si se presenta al Parlamento en este año, sería a finales del 2010 y sus efectos reales mucho más tarde. Desde casi el fondo, bienvenidos al otoño.

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