Inmersos en un mar de riesgos

Escrito a las 8:28 am

Homo sapiens, como dice el autor de moda Yuval Noah Harari, siempre ha actuado bajo la incertidumbre. Dado que ese estado de cosas le genera ansiedad ante lo desconocido, a lo largo de la historia hemos ido recopilando experiencias que nos ayudan a transformar la incertidumbre en probabilidades, que, al ser algo calculable, nos permite aparentar que el porvenir se puede convertir en algo previsible.

Esa misma necesidad de buscar certezas o, cuanto menos, de elaborar cálculo de probabilidades sobre lo que va a ocurrir en el futuro próximo, es más acuciante ahora mismo para todos aquellos que deben tomar decisiones económicas. Y no porque sea la primera vez que existen grandes dudas sobre lo que va a pasar con la economía mundial en el próximo año, sino porque nunca antes las incertidumbres existentes habían sido tantas y con evolución interactiva tan rápida, como en este momento.

Foto: elmundo.es/AJUBEL

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Hemos construido una sociedad y una economía donde las cosas suceden de manera tan rápida y global que apenas nos da tiempo a entenderlo cuando ya ha cambiado, en un mundo interrelacionado donde una decisión en cualquier parte acaba generando un efecto y una reacción inmediata en cualquier otra parte.

Si tuviéramos que centrar los principales focos de riesgo para la economía mundial en 2017 en dos, serían, sin duda, las primeras decisiones del nuevo presidente americano Trump y la fuerza de los populismos anti Unión Europea en un año electoral muy intenso en los principales países de Europa.
La probabilidad de que la nueva Administración americana signifique una ruptura de la situación actual es muy elevada. Aunque todos estemos convencidos de que el presidente Trump no hará todo lo que prometió el candidato Trump, hay pocas dudas, por las señales que está enviando, de que adoptará las suficientes decisiones disruptivas como para provocar una alteración sustancial de lo existente. De momento, el anuncio de sus planes expansivos para estimular el crecimiento americano -uno de los más elevados ya de la OCDE- está generando un importante alza del dólar, cuyos efectos negativos no tardarán en hacerse sentir en todos aquellos que deben comprar materias primas o devolver préstamos nominados en esa divisa.

Es verdad que sobre la cotización del dólar va a influir también lo que haga China, probablemente el principal tenedor de dólares del mundo, que, a su vez, dependerá de si Trump reduce sus primeros contactos con Taiwan a meros balbuceos de principiante o representan un cambio en la política americana establecida por Nixon. Y eso, a su vez, dependerá de hasta qué punto quiere la nueva Administración endurecer la liberalización comercial con China, a cambio de seguir aceptando la doctrina de una sola China.

Los cambios que puede introducir la nueva Administración americana afectarán también a los intercambios con otros socios, como México. Que es tanto como decir, a las empresas americanas con cadenas de valor globales y que fabrican en otros países a los precios que lo hacen, precisamente porque existen unas concesiones comerciales que si se restringen, pueden alterar toda la ecuación, empezando por sus beneficios y su cotización en bolsa. Si se confirma que la globalización ha tocado techo e, incluso, que iniciamos una marcha atrás impulsada por EEUU, todas las empresas transnacionales tendrán que revisar sus actuales planes estratégicos.

Por otra parte, si los EEUU presididos por Trump inician un cierto repliegue respecto a asuntos internacionales como la guerra contra el yihadismo, la reforma de los organismos internacionales o los compromisos de lucha contra el cambio climático, aunque sin llegar al aislacionismo de otros momentos, el espacio que dejará su retirada será cubierto por otros protagonistas. Principalmente, Rusia y China que, al adquirir una mayor hegemonía en los asuntos mundiales, podrán exportar mejor sus modelos propios que combinan capitalismo de Estado con una democracia autoritaria, rompiendo la antigua identidad establecida entre capitalismo liberal y democracia representativa. No se trata de un asunto menor, sobre todo, para tantos países con estados en construcción como hay por el mundo hoy.

La probabilidad de que la Unión Europea siga perdiendo influencia mundial y generando insatisfacción interna, es muy elevada. Tanto por su conflicto interno entre las diferentes orientaciones sobre el camino a seguir, que le deja sin rumbo claro, como por la falta de un liderazgo que empuje hacia adelante. Le sobra actitud paralizante por parte de su principal potencia, Alemania, no sólo por su intransigencia frente a la renegociación de la deuda griega, sin más alternativa que la desesperanza sino también por su freno a cualquier intento de romper con el dogma de la austeridad presupuestaria, a pesar de la evidencia y de que así lo ha pedido Draghi, el FMI e, incluso, la propia Comisión. El Brexit ya ha roto el tabú de que no se podía salir del club europeo, convirtiéndose en referencia para muchos populismos, con grandes posibilidades electorales en Francia, Italia, e incluso Alemania, y que no ocultan, como dice Le Pen, que «en la UE no hay nada que pueda beneficiar a Francia». Si la Unión Europea deja de ser el modelo de supranacionalidad, en una época que debería buscar fortalecer la gobernanza para la globalización, y se desliza, no sólo por la irrelevancia, sino por la dilución, la incertidumbre resultante se convertirá directamente en riesgo (probabilidad alta de que ocurra algo malo).

Nos adentramos en un año cargado de incertidumbres generadas por los dos actores principales de la economía mundial. Les propongo, para estos días, que las conviertan en probabilidades. Tal vez con ello se sientan más seguros. O no.

Publicado en elmundo.es el 18 de diciembre de 2016

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