Agitado, pero no revuelto. (Publicado en Mercados de El Mundo)

Escrito a las 4:22 pm

Todos los seguidores de las películas de James Bond sabemos que siempre toma el martini “agitado, pero no revuelto”. Las medidas de política económica pueden también agitarse, pero no deben revolverse, para que cada una mantenga su sentido aunque estén inscritas en una estrategia global para hacer frente a nuestro problema principal: cómo recuperar competitividad internacional. Las últimas cifras conocidas de la economía española no llaman, precisamente, al optimismo. Con el paro todavía aumentando, incertidumbres sobre el futuro, un sector financiero herido por el fuerte ladrillazo recibido y una acuciante necesidad de que familias, empresas y Estado devuelvan los excesos de crédito con los que hemos financiado el crecimiento anterior, los motores de nuestro crecimiento están gripados o sólo se pueden situar a muy largo plazo. Por tanto, la necesidad de hacer algo, tan sensato como urgente, es obvia.
         Sin embargo, no podemos confundir una sucesión de medidas revueltas con una estrategia de salida para la recesión que exige conseguir dos grandes objetivos: introducir confianza en la actuación de los agentes económicos privados y adaptar al conjunto del sistema económico a la nueva realidad de ser más pobres tras la crisis y con mayores problemas de competitividad. Lo primero requiere un Plan conocido, pactado y sostenido, mientras que lo segundo exige medidas sociales que hagan más justo el reparto de los costes de la crisis así como explorar cambios productivos que consigan rebajar costes no salariales en un contexto que no permite hacer una devaluación de la moneda, pero tampoco rebajar las exigencias medioambientales o laborales ya conseguidas.
         Con la publicación, esta semana, de unos datos sobre el comportamiento de las familias españolas, descubrimos que ahorrar mucho puede ser tan perjudicial para la marcha de la economía como consumir en exceso. Según el INE, durante el año pasado los hogares dispararon su tasa de ahorro un 6%, hasta situarla en máximos históricos cercanos al 19% de la renta disponible, reduciendo, con ello, su gasto en consumo un 5,5%. En el fondo, esa fue la visión de Keynes, en torno a la cuál se permitió darle un vuelco al conjunto del saber económico de la época: si todo el mundo ahorrara toda su renta – exagerando lo que predica el saber conservador tradicional-, nadie consumiría, nadie vendería, nadie fabricaría, nadie trabajaría, nadie ingresaría renta porque dejaría de haberla.
Además, teorizó que en momentos de crisis, con el paro creciendo y con profundas incertidumbres sobre el futuro, los particulares ahorran por temor, por precaución, agudizando, con ello, el ciclo bajista de la depresión. Por eso hace falta que intervenga el Estado, cuya lógica de inversión y consumo es distinta y puede ayudar a mantener la demanda agregada y el empleo. Todo el edificio keynesiano se sustenta en haber percibido que en épocas de crisis, se rompen las dos identidades básicas sobre la que se construye la economía académica tradicional: la renta de un país o se consume o se ahorra y el ahorro es igual a la inversión. Esta segunda salta por los aires en momentos de incertidumbre (se ahorra, pero no se invierte) y, además, cuando, gracias a la globalización y a las nuevas técnicas bancarias, los mercados mundiales de capitales separan, todavía más, el momento y el lugar del ahorro, del momento y el lugar de la inversión. Si los particulares, durante las crisis, ahorran pero no invierten, el ciclo de la renta se rompe, salvo que introduzcamos inversión y consumo público.
Cuando esto ocurre, como ahora en España, las estrategias de política económica orientadas a salir del bache tienen que verse afectadas. Mientras duren esas circunstancias, una estrategia conservadora centrada en rebajar impuestos y recortar el gasto público sería un error contraproducente. Si las familias tienen más renta disponible consecuencia de las rebajas impositivas, pero la misma desconfianza ante el futuro, ahorrarán todavía más y ese dinero adicional no ayudará a reactivar la economía. Además, si el gasto público que es el único elemento dinámico que mantiene el crecimiento de la demanda agregada se reduce, caerá adicionalmente la actividad económica. En esas condiciones, según defiende el Fondo Monetario Internacional, la prioridad reactivadora debe depositarse en el gasto público, tanto a través de los llamados estabilizadores automáticos como mediante decisiones inversoras discrecionales sean el Fondo Municipal o el nuevo Plan de Infraestructuras, cuyo esquema de financiación público-privado recuerda al llamado modelo alemán que utilizó el PP por sus efectos contables sobre el déficit público y refuerza la idea de que no hay incompatibilidad entre gasto público e inversión privada, como dice el pensamiento conservador al hablar de “efecto expulsión”, sino que suele haber complementariedad: el gasto público puede ser beneficioso, también, para las empresas privadas.
 Si este activismo presupuestario excepcional, que incrementa el déficit y la deuda, tiende a perpetuarse o se exagera su dimensión como ha ocurrido en Grecia, estamos ante otro tipo de problema que poco tiene que ver con la coyuntura de crisis y más con la propia estructura de los impuestos y del gasto público en cada país.
Una estrategia de salida para la recesión requiere, por tanto, no recortar  gasto público, mantener los apoyos presupuestarios puestos en marcha hasta que la recesión empiece a desaparecer y, sobre todo, un programa ambicioso de reformas y transformaciones en torno al que agrupar a una amplia mayoría social y política del país que ayude, además, a transmitir confianza a los ciudadanos y a los mercados. Pero, sobre todo, una estrategia de salida para la recesión, como  una buena paella, no puede hacerse teniendo la sartén en un sitio, el fuego en otro, el arroz en otro, la carne en otro y las verduras todavía en otro y, además, en días distintos. O se pone todo junto y a la vez, o lo que salga no será comestible, aunque contenga todos los ingredientes de la receta valenciana. Urge, pues, definir un programa de crecimiento y competitividad, con cada cosa en su sitio. Como el martini de Bond, James Bond: agitado, pero no revuelto.

Un comentario

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enric doménech
16.04.2010 a las 14:03 Enlace Permanente

Agítese antes de usar. Esta es la indicación de muchos productos antes de ser utilizados.
A veces, es preciso mezclar adecuadamente todos los ingredientes para que … no se corte la salsa, … maceren los sabores, … o simplemente, reaccionen sus componentes, expandiéndose.
A la economía española, le hace falta “un buen meneo”, y a la implantación de políticas, también.
Lo siento por Bond, James-Bond; pero Gado, Sal-Gado, no debería verse tan influenciada / condicionada por Bastian, Se-Bastian. Y sinceramente, todavía no entiendo porqué se favoreció sobremanera al sector automovilístico, y se dejó de la mano un verdadero plan Prever en la Investigación, en las Universidades, en los Centros Tecnológicos, en las Escuelas de Formación, en la Formación Profesional, en … todos los centros o empresas donde se vislumbre un ápice de ‘valor añadido’ a través del conocimiento.
¿Por qué no se permite a las Universidades enriquecerse y explotar económicamente los conocimientos cocinados en sus obradores/laboratorios/centros de conocimiento?
La tecnología y la innovación, también son los procesos de producción y/o de decisión, de gerencia, de mejora, de optimización, … Para diferenciarse y ser competitivos en una economía y mercados globalizados, (deslocalizados productivamente), si no poseemos bienes básicos y preciados, tendremos que hacer valer aquellos elementos que pueden suponer o crear riqueza: el factor humano.
Menos hormigón, y más ciencia. Menos ladrillo y asfalto, y más y mejores instalaciones y medios para la investigación, el estudio y la formación.
Desarrollo de procesos de mejora de la calidad y el diseño.
Potenciación de las ideas y proyectos innovadores empresariales.
Asunción de los riesgos de los emprendedores, a través de Sociedades Públicas de Capital Riesgo, que compense la asunción de riesgos, con la reinversión de beneficios en más proyectos.
Hacer atractivo nuestro país para que primero ‘no’ se vayan nuestros cerebros, y ‘si’ vuelvan los que partieron. (y me viene a la mente algún lamento de Barbacid).
A veces es necesario sacudir, para que reaccione el paciente. No se si agitar y remover, pero si sacudir enérgicamente.

Un abrazo desde Xàbia
enric doménech

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