Nueva Economía P2P (Publicado en Mercados de El Mundo)

Escrito a las 7:55 am

Todos los casos recientes de empresas exitosas en el mundo, han venido de la mano de aplicaciones de nuevas tecnologías vinculadas a las plataformas de comunicación, sea internet o dispositivos móviles. Y la mayoría de ellas, además, se mueven en el espacio de la conocida como economía colaborativa, “sharing economy” o “peer to peer production” (P2P), cuyo libro de cabecera sigue siendo “What´s mine is yours”, escrito por Botsman y Rogers, en 2010. La esencia de este nuevo modelo de consumo radica en que permite a la gente acceder al disfrute de bienes y servicios, sin necesidad de adquirirlos, mediante diferentes fórmulas de intercambio, donaciones reciprocas iterativas o pequeños alquileres. Incluimos dentro del fenómeno, desde compartir música o libros hasta casas, coches, tiempo libre, herramientas que no usamos, ropa de nuestros hijos pequeños cuando crecen, financiación alternativa o cualquier producto de segunda mano. Con ello, racionalizamos el uso de muchas posesiones infrautilizadas que hemos ido adquiriendo a lo largo del tiempo, reduciendo el despilfarro que, por ejemplo, representa nuestras segundas residencias cerradas, al menos, nueve meses al año cuando podemos cederlas temporalmente y, a cambio, acceder nosotros, por unos días, a otra residencia, en otro sitio. Es decir, hacer un uso más eficiente de cosas cuando no las usamos o que ya no necesitamos, pero que se encuentran en buen estado y redistribuimos el acceso a muchos bienes y servicios a millones de personas que, de otro modo, no tendrían posibilidad de disfrutar de ellos. Es una economía basada en la utilidad (valor de uso), de las cosas, más que en su precio (valor de cambio) y, por tanto, incrementa el bienestar general de la sociedad mediante la mutua cooperación, sin incrementar la fabricación nueva de productos, por lo que representa, para sus defensores, una forma de “crecer sin crecer”, definiendo un modelo económico más compatible con la sostenibilidad medioambiental que el basado en la adquisición sin fin de productos nuevos. En la economía P2P lo crucial no es producir y comprar, sino compartir lo existente y disfrutar experiencias nuevas.

                Toda la vida ha existido la reutilización, el trueque, el compartir, los intercambios de productos de segunda mano, el ayudarnos dentro de una comunidad familiar, de vecinos o de amigos. Sin embargo, si el fenómeno adquiere hoy una dimensión planetaria, tan importante como para hablar de un serio cuestionamiento al modelo productivo capitalista convencional, es gracias a las posibilidades abiertas por las nuevas aplicaciones de internet y de los dispositivos móviles, que se mueven en el mundo de lo colaborativo, de lo (casi) gratis. Estoy hablando desde Twitter o Facebook, hasta eBay, Uber, BlaBla Car, Airbnb, Zipcar, Freecycle, Netflix, los MOOCs y tantas y tantas iniciativas que han sido y son, que mueven a su alrededor muchos millones de personas en todo el mundo y cuyo valor de capitalización alcanza también muchos millones de euros. Basándose en aplicaciones informáticas sencillas de utilizar, las distintas plataformas ponen en contacto personas, a gran escala, con capacidades ociosas y personas dispuestas a usar esas capacidades, aunque no se conozcan. No se redistribuye la propiedad pero si su disfrute, a cambio de contraprestaciones que van desde un alquiler, a un simple compromiso de practicar el “hoy por ti, mañana por mí”. La utilización de plataformas tecnológicas consigue tres objetivos: ensanchar el ámbito de los intercambios al convertirse en una especie de “hub” de conexiones múltiples que permite alcanzar masa crítica suficiente; reduce los costes de transacción que suelen bloquear/desanimar ese tipo de experiencias, incluso entre personas predispuestas; establece sistemas autorregulados de control de calidad y garantías (del tipo TripAdvisor), lo que refuerza la confianza entre los participantes.

                El efecto combinado de todo ello es que muy pocas cosas volverán a ser como antes. En primer lugar, porque permite hacer cosas que antes no se podía hacer o eran tan costosas que no se hacían, pero también, porque revoluciona el estatus de muchos sectores establecidos de actividad. Lo que empezó como nuevos modelos de consumo y comercialización de música o libros que están alterando radicalmente las estructuras de ambos sectores, se extiende ahora a otros ámbitos, destacadamente hoteles, transporte y taxi, pero no solo, sobre todo, si apostamos por las posibilidades futuras de las nuevas impresoras 3D o el crowdfunding. Muchos consumidores están descubriendo que, protegidos por la regulación estatal, determinados servicios bajo licencia nos hacen pagar unos sobreprecios por cubrirnos obligatoriamente frente a riesgos que nosotros, ahora, sencillamente no percibimos como tales o estamos dispuestos a asumir a cambio de pagar menos. Conocer esto hace que estemos en una fase de transición en la que todavía se plantea el conflicto nuevo/viejo como una lucha entre actividad legal/fraudulenta, pero que es solo la antesala de una profunda reestructuración de las leyes que regulan esas actividades, devolviendo la responsabilidad de decidir al usuario que, al ver bajar el precio, incrementara su utilización. Y ese consumidor digital, traslada su renacido poder a todas las relaciones económicas y políticas (ver “España: Cliente@2.033” PwC, en prensa).

                En sentido literal, podemos hablar de economía red, no solo por el necesario impulso recibido por internet, sino porque su modelo se refuerza mediante el uso, su funcionamiento mejora conforme se incorpora más gente y nuevos ámbitos y por tanto, es una actividad con coste marginal cero (ver el reciente libro de J. Riftin “The Zero Marginal CostSociety: The internet of things”) es decir, que puede distribuirse gratis, como ya apuntó Chris Anderson hace poco en su libro “Gratis”. Algunos autores (destacadamente, Bauwens) han señalado que este modelo económico en ascenso, cuestiona de forma radical los dos principios esenciales del capitalismo: la motivación egoísta de las personas y los derechos de propiedad privada, sustituidos por el altruismo y el compromiso con lo común que representa, por ejemplo, la Wikipedia. Sin embargo, hay que reconocer que al moverse dentro de la redistribución de lo existente, no ha resuelto la manera de producir, en un modelo de crecimiento para reposición, que puede no dar empleo y renta suficiente para todo el mundo. De momento.

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