Sobre beneficios y fraudes. (Publicado en Mercados de El Mundo)

Escrito a las 7:48 am

A veces el mundo se presenta como binario. Tal vez por eso, hemos conocido elengaño sistemático y deliberado cometido por un gran productor mundial de coches, casi a la vez que la ONU aprobaba los nuevos Objetivos de Desarrollo Sostenible que incluyen acabar con la pobreza en el mundo para 2030. El primero, un caso de lo que no se debe hacer, pero que hacemos, y el segundo, de lo que sí se debe hacer, pero donde no hacemos lo suficiente. ¿Existe algún vínculo? ¿Hay alguna relación entre engañar a los consumidores y no reducir el hambre en el mundo? Defenderé que sí, que ambos responden al mismo fallo en la lógica de funcionamiento del sistema económico capitalista.

Cuando a un arquitecto se le cae un edificio, las explicaciones pueden ser variadas. Pero si al mismo arquitecto se le cae un edificio cada dos años, hay algo estructural en su manera de trabajar que lo explica. Pues bien, habrá que empezar a pensar que si el capitalismo presenta de manera recurrente, junto a tremendos éxitos como grandes crecimientos en la riqueza global, fracasos estrepitosos en forma de pobreza generalizada o episodios de crisis, algunas tan graves como la última del 2008, o demasiados casos de comportamientos fraudulentos, como el reciente de VW o los de Enron, productos financieros derivados etc., habrá algún fallo recurrente en la lógica de su funcionamiento.

De ser ese el caso, conocerlo puede ayudarnos a contrarrestarlo para evitar, en parte, sus efectos negativos sobre millones de ciudadanos inocentes. Con ellorecuperamos el sentido original de la economía como «teoría de los sentimientos morales», que fue el primer libro de Adam Smith. Y me propongo analizarlo, yo que no soy creyente, utilizando intervenciones públicas recientes del Papa Francisco.

La clave de bóveda sobre la que se construye el edificio explicativo del capitalismo moderno es el principio de maximización del beneficio propio. Se supone que con agentes económicos racionales y en posesión de toda la información pertinente, si cada uno de nosotros persigue el propio interés con ahínco obtendremos, también, el máximo beneficio social gracias al funcionamiento de la mano invisible del libre mercado competitivo.

Esta presunción constituye el núcleo teórico sobre el que se ha fundamentado el pensamiento económico hoy dominante y las políticas económicas de todos los gobiernos y organismos internacionales: las empresas deben maximizar sus beneficios, hasta el punto de que buena parte de la retribución de sus directivos las vinculamos a la consecución de dicho objetivo. Con ello, un instrumento técnico de medición de la eficacia productiva (maximizar el beneficio se consigue minimizando costes y maximizando ingresos) se convierte en regla general para medir el éxito social, incluido el personal: el egoísmo competitivo.

Situar la maximización de beneficios como el único criterio de funcionamiento económico, e incluso ético, de una sociedad plantea numerosos problemas entre los que cito cuatro: aquellas actividades que, satisfaciendo necesidades humanas, no son rentables, dejan de realizarse aunque con ello se generen vacíos importantes en la sociedad. Por ejemplo, combatir la pobreza u ofrecer tratamientos a enfermos crónicos. En segundo lugar, centrarse en maximizar beneficio a ese corto plazo por el que nos juzga el mercado, nos hace indiferentes a los efectos negativos que determinadas actividades pueden provocar a una escala colectiva, contemplados como una especie de efectos colaterales. Por ejemplo, el cambio climático al que también se ha referido el Papa. En tercer lugar, incrementa las posibilidades de que directivos poco escrupulosos apliquen criterios discutibles de gestión (vender activos para tapar pérdidas en la actividad corriente, por ejemplo) o se salten las leyes recurriendo al engaño (vender activos complejos y de alto riesgo a clientes poco informados) y al fraude (el reciente caso de Volkswagen) que tan rentable les puede resultar, en función de la probabilidad otorgada a que les pillen y la sanción esperable por ello. Por último, anima a desarrollar actividades reprobables moralmente pero que sin embargo, son rentables, como la venta de armas a países que vulneran las leyes internacionales, «simplemente por dinero impregnado de sangre», como ha dicho el Papa.

Todos estos problemas vinculados a una economía de mercado que funcione guiada sólo por el criterio de maximización del beneficio es lo que ha dado pie a la intervención del Estado que, mediante sus leyes, controles y actividad propia, está encargado de corregir los «fallos del mercado» permitiendo que éste pueda sobrevivir a pesar de todos los problemas que genera cíclicamente al conjunto de la sociedad como contrapartida, al parecer inevitable, del impulso constructivo que también encierra el principio de maximizar beneficios como motor de la innovación y de la productividad generadora de riqueza. En ese sentido, el capitalismo y su principio organizativo en torno al beneficio privado seria binario, como Jano, con dos caras antagónicas imbricadas: una, capaz de lo mejor; la otra, capaz de lo peor. Y el paso de una a otro es una cuestión de cantidad, la diferencia que hay entre perseguir un justo beneficio y la codicia del «tener más, tener más, tener más…» como ha criticado el Papa.

Pero el Estado, lo público, no es el único agente social que funciona con una lógica diferente a la maximización del beneficio para evitar los problemas derivados de esta. También lo hacen la economía social, colaborativa, cooperativas y fundaciones. En total, casi la mitad del PIB escapa al principio capitalista de maximización del beneficio, lo que no implica reducir la eficiencia en su actuación. Y, cada vez más, incluso las propias empresas privadas matizan la maximización del beneficio como único juez de su actuación, sustituyéndolo por la responsabilidad social empresarial que abarca un abanico más amplio de objetivos y criterios de funcionamiento sostenible.

Cuando predomina la codicia, ese afán desmesurado por el dinero, es cuando el capitalismo pone en marcha la máquina que produce fraude, pobreza, crisis. El problema es que dicha patología se eleva sobre el mismo principio de maximización del beneficio que fundamenta al propio capitalismo. Lo dijo Marx y, ahora, lo dice el Papa.

Jordi Sevilla es miembro del comité de expertos de Pedro Sánchez.

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