¿Dónde estamos?

Escrito a las 1:42 am

Este será el cuarto año consecutivo de crecimiento por encima de la media de la Eurozona. Y, pese a ello, seguiremos sin haber recuperado los niveles de renta, riqueza y empleo anteriores a la crisis, tras haber vivido una década perdida. Es lo que tiene la estadística: subimos mucho ahora, porque también caímos mucho antes. Dos reflexiones definen el momento actual: ¿cuánto nos afectará el final de los vientos de cola favorables vividos el último año? Y, en segundo lugar, si con esta recuperación iniciamos o no un nuevo ciclo expansivo mejor que el anterior, que acabó cuando estalló la burbuja construida.

Foto: elmundo.es/SANTIAGO SEQUEIROS

Hay consenso en que 2017 y 2018 serán tiempos de crecimiento económico para España, pero a un ritmo menor que el experimentado los dos últimos años: hasta un punto porcentual menos. Y todos coinciden en las causas: a nivel interno, aunque sigamos sin cumplir los compromisos de déficit público, la política presupuestaria tenderá a ser más restrictiva. Y, además, las ayudas externas recibidas en forma de un precio bajo del petróleo, un euro depreciado y la política monetaria expansiva por parte del BCE -compra masiva de deuda pública y tipos de interés cercanos a cero- llegan a su fin e, incluso, inician una clara reversión.

El regreso de la inflación, aunque contenida, sería la mejor prueba de ello, a la vez que anticipa un giro de la política monetaria en sentido restrictivo de la mano, también, del efecto arrastre que tendrán las previsibles subidas de tipos que hará este año la Reserva Federal americana. Teniendo que ajustar el déficit a la baja, con un petróleo en el entorno de los 60 dólares y unos tipos de interés al alza que vuelvan a abrir la brecha de la prima de riesgo, las condiciones para consolidar nuestro crecimiento serán más adversas. Sobre todo, porque no hemos cambiado el modelo productivo, ni tampoco está claro que nuestro presente ciclo expansivo se realice sobre bases más solidas que el anterior.


Se nos dijo que sin moneda propia, frente a una crisis internacional como la sufrida a partir de septiembre de 2008 con la caída de Lehman Brothers, no teníamos otra opción que proceder a una severa devaluación interna para recuperar los equilibrios macroeconómicos y la competitividad externa. Que, con ello, el motor de nuestro crecimiento pasaría a ser, como en Alemania, las exportaciones y el sector exterior, dependiendo menos del peso de la demanda interna.

Y lo hicimos. De la mano de una reforma del mercado laboral que rompía el equilibrio negociador existente en la negociación colectiva -para entregar todo el poder de decisión, de manera unilateral, al empresario- se produjo un abaratamiento sin precedentes de los costes laborales unitarios a partir de tres realidades: despidos masivos más baratos, precarización de las condiciones de trabajo y bajadas de salarios.

Con toda certeza, aquello se tradujo en un fuerte incremento de la desigualdad, unido a los recortes realizados en las políticas del Estado de Bienestar. Pero es más dudoso que podamos atribuir a ese sacrificio unilateral impuesto a los trabajadores -llamado de forma eufemística reformas-, el vuelco en nuestro sector exterior o la actual creación de empleo.

Este ciclo expansivo no está siendo más intensivo en trabajo que el anterior aunque, con toda claridad, el empleo creado es más precario que antes y las condiciones de los parados, peores: baja cobertura, elevada tasa de larga duración y serias carencias en las políticas de empleo. Tampoco es sólida la relación que algunos establecen entre caída de costes laborales y creación de empleo, ya que existen multitud de contraejemplos en otros países -Alemania ha creado un número parecido de puestos de trabajo, con unos costes laborales crecientes- y también en épocas pasadas del nuestro. Abaratar las exportaciones y competir por precios bajos nos ha permitido exportar algo más que antes, aunque es pronto para establecer con rotundidad una relación de causa-efecto.

Pero no ha sido suficiente para explicar el cambio de signo experimentado en la balanza por cuenta corriente, donde ha pesado mucho más la caída de las importaciones tanto en cantidad -debido a la menor inversión realizada ahora- como al valor tras la caída del precio del petróleo y otras materias primas. De hecho, en cuanto la demanda interna se ha recuperado, la contribución del sector exterior al crecimiento del PIB ha empezado a reducirse hasta convertirse, otra vez, en casi cero y volverá a ser negativa si el crudo vuelve a precios anteriores o nuestra inversión interna se recupera.


El hueco dejado por la construcción en la actividad económica no ha sido cubierto, todavía, por nadie. Todos los sectores se han reajustado a la nueva situación y sólo la actividad turística está creando empleo al ritmo elevado que lo hacía la construcción durante el boom.

Si proyectamos la actual situación y el turismo suple el papel dejado por la construcción en creación de empleo, nadie podrá decir que ello represente un cambio de modelo productivo, que tan sólo se detecta en el hecho de que el actual crecimiento de la economía, a diferencia del anterior a la crisis, no está siendo sobre alimentado por un exceso de crédito bancario. De hecho, aunque España sigue arrastrando una elevada tasa de endeudamiento como país -habiendo sustituido deuda privada en retroceso por deuda pública al alza- continúa situado en la zona de países con altas restricciones crediticias.

Son muchas las tareas pendientes en el ámbito económico. Muchas. Cosas que no hemos hecho –potenciar la innovación o incrementar el tamaño de las empresas– y otras que tendremos que corregir para adecuarse a las necesidades del momento actual -la reforma laboral o la política presupuestaria-. Demasiadas como para estar tan satisfechos como algunos están.

La inactividad por autocomplacencia es, sin duda, nuestro principal riesgo. Ahí está nuestra principal reforma pendiente.

Publicado en elmundo.es el 19 de febrero de 2017

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