La ‘posverdad’ que nos corroe

Escrito a las 8:27 am

Foto: elmundo.es/JAVIER OLIVARES

Si quiere estar a la última, tendrá que mencionar la palabra posverdad en algún momento, sobre todo, desde que ha sido declarada palabra del año por el diccionario Oxford, a partir del amplio uso que se ha hecho en el referéndum del Brexit, o en la campaña electoral de Trump de afirmaciones con mucha repercusión, electoralmente eficace

s y que compartían un rasgo: eran mentira. Y es que, al parecer, la verdad es muy aburrida y ahora prima el proporcionar emociones fuertes a los electores para que se reafirmen en sus prejuicios, tópicos e ignorancias. La idea ya no es dedicar esfuerzos a educar a los votantes sobre los complejos asuntos públicos, sino regalar rápido sus oídos y sus egos, dándoles la razón incluso en sus errores. Seguramente estamos ante el último escalón de la peligrosa conversión plena de la política en un producto más de mercadotecnia.

En la antigua Roma, populistas como Graco o Clodio, ya manipulaban a la plebe mediante falsedades. La diferencia es que, entonces, si se demostraba que habías mentido, caía sobre ti el desprestigio público, mientras que ahora, con la posverdad, los hechos, sencillamente, han quedado sustituidos, como en Matrix, por una realidad paralela que no apela a la razón, sino a los sentimientos. Lo importante hoy no es que algo sea verdad, sino que suene verosímil en función del marco conceptual que nos han construido, aprovechando nuestros sesgos cognitivos (Kahneman).
La batalla gramsciana por la hegemonía política está hoy en ganar ese marco conceptual. Un ejemplo reciente, la insistencia de Trump en que Obama no era un presidente legítimo porque había nacido en Kenia, afirmación que nunca se vio obligado a demostrar y que era falsa, como acaba de admitir, pero que dio forma al odio contra Obama de una parte de la población americana a la que le importaba poco si era cierto o no.

Discrepar en la interpretación de los hechos o destacar aquello que la gente quería oír, han formado parte de la tradición social. Pero no se trata de eso ahora. No es que no estemos de acuerdo en el punto de vista sobre un hecho, en sus causas o en su interpretación. No es el debate tradicional sobre si subir impuestos es beneficioso o perjudicial, depende de para quién. Ahora se trata, sencillamente, de mentir, sin consecuencias. Cuando en noviembre de 2010, ante una prima de riesgo en España de 240, el PP insistía en que era culpa de Zapatero, era una posverdad, porque cuando pocos meses más tarde llegó a 600 bajo el Gobierno de Rajoy, nadie les exigió explicaciones, ni ellos se sintieron obligados a pedir disculpas.

Lo mismo, cuando se sigue insistiendo en que no hubo rescate en España, a pesar de la abrumadora evidencia en sentido contrario. Es cierto que no fue un rescate presupuestario, porque las cuentas públicas no estaban falseadas, a pesar de lo que dijo el nuevo ministro de Hacienda, sino que donde teníamos el problema era en el sector financiero y, por eso, tuvimos rescate financiero. Pero tan rescate como el griego.

Algo similar podemos decir sobre la cantidad de afirmaciones vinculadas al debate catalán, que son patentemente falsas, así se ha demostrado y ello no ha tenido ningún efecto sobre las posiciones de unos o de otros. Como decir que ante la investidura de Pedro Sánchez, los diputados de Podemos se vieron obligados a votar que no, junto al PP, a un Gobierno de cambio, por culpa del PSOE. Esto forma parte también de una posverdad que pretende ocultar datos comprobables, como las diferencias internas que esa decisión les produjo, el hecho de que su objetivo no era apoyar al PSOE, sino sustituirlo (sorpasso), y la evidencia de que cada vez que hubo una aproximación por parte socialista, salía Iglesias con una provocación destinada a romper cualquier posibilidad de acuerdo.

Y esos hechos comprobables quedan sustituidos por la posverdad de un inventado giro a la derecha de Sánchez por una intervención del Ibex, que no necesita demostración porque se asume como verosímil tras repetirlo muchas veces.

Las consecuencias que provoca esta manera de actuar son devastadoras cuando es predominante sobre la convivencia y las posibilidades de implementar un proyecto común. Si el debate público no es racional sino emocional, ni los datos ni la verdad son relevantes, por lo que su búsqueda deja de interesar. Pero con ello, desaparece la posibilidad de llegar a acuerdos, a soluciones que se sitúen en un término medio, sin ganadores, ni vencedores.

Es decir, se cierra la puerta a lo que constituye la esencia de un sistema democrático avanzado donde nadie tiene toda la verdad, pero ésta no es negada o menospreciada de manera consciente y sistemática para ser sustituida por afirmaciones tan indemostrables como aparentemente evidentes para sus partidarios, a los que encierra en opciones binarias que impiden cualquier acuerdo plural.

Estamos ante algo mucho más importante que una moda. Asumir, con tranquilidad, la posverdad como algo normal, constitutivo, inevitable de la sociedad mediática y de corta memoria en que vivimos, significa dar un portazo a la posibilidad de mejorar colectivamente la convivencia en base a un debate racional entre opciones e intereses, donde se conjuguen la negociación y la fuerza para llegar a acuerdos. Es decir, cierra las puertas a lo que ha sido el fundamento de la política en las instituciones democráticas, para sustituirlo, ¿por qué? ¿Por un plató de televisión con beneficios privados? ¿El multimillonario/mentiroso Trump es el representante de la nueva revuelta popular contra las élites? No sé. Sin duda, me hago viejo. Pero volver a la época de Cicerón y de la conjura de Catilina (¿hasta cuándo abusaran de nuestra paciencia?) tampoco me parece lo más moderno, la verdad. Aunque sea con Facebook.

Publicado en elmundo.es el 11 de diciembre de 2016

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