Por favor, no refunden el capitalismo

Escrito a las 11:13 am

Visto el cariz que están adoptando los aconteci­mientos después de la cumbre en Washington del G20+ZP, casi que prefiero que no refunden el capitalismo. Empezamos por reconocer el gran fallo del sistema que ha llevado a una de las mayores crisis financieras internacionales de la historia y ahora, poco a poco, a partir de dos in­tervenciones públicas de Bush en defensa del mercado, vuelve el discurso neoliberal según el cuál, en realidad, lo ocurrido ha sido por culpa de los gobiernos y su incapacidad para controlar a los banqueros ávidos de sobresueldos.
 

Recordemos lo obvio: el mer­cado es un sistema de asigna­ción de recursos económicos que, en determinadas condicio­nes, es más eficiente que ningún otro. A partir de aquí, se plan­tean dos problemas: ¿qué pasa cuando no se dan las condiciones ideales establecidas en el modelo? Y, sobre todo, ¿qué pa­sa cuando el resultado, incluso siendo óptimo en términos de eficiencia, no resulta satisfacto­rio en términos de empleo, bie­nestar o justicia social?, objeti­vos estos que no persigue el mer­cado, pero a los que si suele aspi­rar la sociedad en su conjunto.More...
 

El capitalismo, por su parte, es un sistema económico que, a partir de la propiedad privada de los medios de producción y del uso del mercado como herramienta más frecuente, busca maximizar los be­neficios y el poder social de los propietarios, dentro de las leyes. A lo largo de su historia, el capitalismo ha sido compatible con mecanis­mos de asignación de recursos distintos del mercado (autarquía, proteccionismo, monopo­lios, etcétera), así como con sistemas políticos alejados de los derechos humanos y de la demo­cracia (franquismo, pinochetismo…).
 

Tenemos, por tanto, tres fuerzas en tensión que modifican de manera determinante tanto al capitalismo como al mercado. La primera, asegu­rar la eficiencia cuando no se dan las condiciones establecidas por el modelo del mercado. De ahí derivan una buena parte de las normas y contro­les impuestos desde fuera que ayudan a mejorar su funcionamiento y que deben ajustarse y modi­ficarse según la experiencia y los cambios que se produzcan, por ejemplo, con la globalización.
Las otras dos fuerzas tienen que ver con aspi­raciones colectivas que no encuentran su satisfacción ni en el mercado ni con el capitalismo puro. Si queremos que los niños vayan a la escuela en vez de a las fábricas, que haya permisos de maternidad, derechos laborales, negociación co­lectiva o garantías sanitarias para toda la pobla­ción, hace falta una intervención desde fuera de la lógica del mercado y del capitalismo para ase­gurarlo. Y cada uno de esos cambios sociales ex­perimentados en los últimos 200 años de nuestra historia y de los que nos sentimos orgullosos to­dos, se ha logrado contra los defensores, en cada momento, del mercado y del capitalismo. La so­ciedad, por medio de la acción política democrá­tica del Estado, ha sido capaz, afortunadamente, de corregir, complementar, enmarcar, modificar y transformar al mercado y al capitalismo hasta conseguir lo que tenemos hoy. Pero la tensión ha existido y existe entre la lógica económica del be­neficio capitalista (que requiere manos libres y predominio de los fuertes) y la lógica social que, mediante la política, impone la democracia, la protección de los más débiles, el reequilibrio de renta y riqueza o la igualdad de oportunidades.
 

El capitalismo ha relanzado el potencial eco­nómico de la humanidad, liberando fuerzas pro­ductivas y creativas de gran envergadura. Ha mostrado, también, una gran capacidad adaptati­va, aprovechando las sinergias que se establecen con la intervención del Estado que no tiene con el mercado capitalista una relación en la que uno crece a costa del otro, sino más bien una en la que ambos pueden hacerlo. Ha desarrollado también una capacidad expansiva mercantilizándolo casi todo, hasta a sus críticos más radicales como el Che Guevara. Pero la historia demuestra que dejado a su libre albedrío, y persiguiendo su propio interés, ni el mercado es eficiente, ni el ca­pitalismo es sostenible dada su propensión a las crisis recurrentes y ala depredación de su hábitat social o ambiental. El cortoplacismo de las actua­ciones regidas por los principios puros del mer­cado y del capitalismo los acaban haciendo invia­bles a medio y largo plazo. En eso, Marx, don Carlos, tal vez tuviera razón.
 

Por eso hizo falta, ya tras la crisis de los años 30 del siglo pasado, transformar el modelo del capitalismo de mercado puro con elementos co­rrectores desde el Estado que mejorasen sus fa­llos y corrigiesen sus actuaciones menos acepta­bles socialmente. El New Deal, que dio paso en Europa al Estado del Bienestar, no fue una refun­dación del capitalismo, sino una profunda transformación (refor­ma) del mismo efectuada desde la hegemonía de una lógica social y política que se impuso ante el fracaso de la pura lógica económica del mercado teórico y del viejo capitalismo. Fracaso que tuvo mu­cho que ver con el triunfo bolche­vique en Rusia, pero también con el auge del nazismo y del fascis­mo.
 

Poner, de nuevo, límites, devol­viendo a cada faceta de la socie­dad su lógica específica y jerarqui­zándolas en beneficio colectivo, es la tarea de ahora, cuando estamos viviendo otro fracaso del mercado y del capitalismo, renacidos de la mano de Reagan y Thatcher. Fra­caso equiparable a lo ocurrido en­tonces –aunque en un contexto muy distinto– que incorpora el efecto devastador sobre el planeta del desarrollo capitalista ilimita­do. El objetivo hoy no debe de ser refundar el capitalismo, sino volver a cambiarlo, a reformarlo, a hacerlo distinto. Aprendiendo que también existen los fallos del Estado, pero haciendo prevalecer de nuevo la lógica colectiva de lo público a través de la política democrática. No refundar el capitalismo, sino interpretarlo pa­ra volver a transformarlo.
 

Y para ello necesitamos políticos que no lleven la trinchera portátil encima. Políticos que, como Obama, propugnen la transversalidad y, en todo caso, la refundación del gran pacto social y políti­co que a mediados del siglo pasado hizo posible aunar crecimiento económico, redistribución de renta y oportunidades con fortalecimiento de la convivencia democrática. En verdad, lo que hay que refundar es la socialdemocracia.

 

 

Un comentario

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enric doménech
25.11.2008 a las 15:50 Enlace Permanente

Parece que como las buenas novelas, aparecen nuevas perspectivas a cada paso de página. A una revolución como la burguesa, propagada por la imprenta y los libros, le siguió, al menos en el mundo occidental, la revolución industrial, impulsada por las rotativas, los trenes, y los caballos de vapor.
En ambos casos, avances tecnológicos acompañaron la evolución del pensamiento. Nuevas realidades, nuevos cuestionamientos, nuevas soluciones.
Con la aparición y desarrollo de las nuevas tecnologías, la sociedad echó a andar a la velocidad de los bips, y las distancias se hicieron cortas. Y el mundo más pequeño, cultural, y políticamente.
Cayeron los índices bursátiles en nuevas tecnologías, pero no cayó el espacio 2.0, sino que siguió evolucionando de una manera en cierto modo anárquica. Cualquiera puede colaborar con cualquiera, si sabe cómo, o si coincide en un punto.
Queda por establecer cuales son y serán las pautas, cláusulas del contrato entre ciber-ciudadanos. ¿Cómo se repartirá por ejemplo, la riqueza generada a partir de un proyecto en el que han participado y colaborado decenas de investigadores, científicos, o simples ciudadanos, desde confines diferentes del planeta, y bajo banderas tributarias diferentes?
¿Dónde se patentará? ¿En que país se domiciliará la empresa o proyecto?. La realidad es global, y los países son locales.
Los problemas y sus soluciones llegan desde la globalidad, pero hay que darle tratamiento local. Nos autonombramos ‘ciudadanos del mundo’, pero necesitamos pasaporte de algún país para viajar.
El sentimiento de pertenencia hace al ser humano sentirse más seguro ante lo desconocido. Y es ahí donde tal y como tu has relatado, aparecen muchos movimientos sociales marginales, aunque en ocasiones mayoritarios, como el fascismo, el nazismo, el franquismo, los nacionalismos exacerbados, los fundamentalismos religiosos o no, …
Ahora estamos ante un cambio importante en las concepciones de la realidad, y es lógico que provoque temores, pero lejos de arrinconarnos en nuestros miedos, debemos abrirnos al resto de opiniones, al resto de culturas. Seguramente de todo ello, podamos sacar alguna enseñanza que nos ayude a comprender nuestra ‘nueva realidad mundial’.

Saludos desde éste bello rincón del Mediterráneo (Xàbia/Javea)

enric doménech

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